La caída del Ángel.

La fecha fue el 3 de febrero de 1972. Frente a su domicilio en Las Acacias al 2000, en Villa Adelina, la policía detuvo a Carlos Eduardo Robledo Puch. Horas después el aniñado joven de 20 años, el asesino "con cara de ángel", declaraba ser ejecutor de no menos de once crímenes, su complicidad en más de 30 asaltos y su participación en varias violaciones a menores, algunas de ellas asesinadas después. "Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin auto", declararía. En los primeros días de su arresto, demostraría su personalidad psicópata en sus declaraciones y en las reconstrucciones de sus crímenes.

Ni siquiera los policías se sentían a salvo estando con él. "Solo estamos tranquilos cuando al pibe se lo llevan para otro lado. Entonces descansamos" explicó un oficial de la comisaria del Tigre. Al mismo tiempo y en calabozos separados, se encontraban Florencio Simón Ibáñez y Jorge Ibáñez, el hermano y el padre respectivamente del cómplice de Robledo Puch que, al momento, se encontraba aún desaparecido. Debido a la tensión de la situación, Ibáñez padre intentó suicidarse cortándose las venas de los brazos con una hoja de afeitar. Este tenía copiosos antecedentes delictivo, incluso un pedido de captura de Interpol por supuestos delitos perpetrados en EE.UU. Se rumoreaba que por ello intentó suicidarse: para ser internado en un hospital donde podría darse a la fuga con más facilidad.

En sus primeras declaraciones, el asesinó apuntó a la familia Ibáñez, acusándolos de haberlo extorsionado e impulsado a delinquir por ellos.

Algo era cierto: Robledo Puch era mentiroso y manipulador. Una noche, cuando el patrullero que lo transportaba hizo un alto por un desperfecto, los periodistas se acercaron rápidamente a entrevistarlo."Decile a mis viejos que me perdonen y a los muchachos de mi barrio, a Freddy, Francisco, Juan Carlos, que no los olvido. Yo sé que a mis viejos los tienen locos ¿pero qué voy a hacer? Me lo mandaban, me lo imponían ¿sabes como estoy? ¿vos calculas cuánto me van a dar? Te pido por favor que cuando puedas les digas a los viejos que me vengan a visitar, y decile a todo el mundo que estoy arrepentido...te juro que no sé como hice tales cosas. Reconozco que no hice ni una ni dos, pero... Dios dirá" declaró el teatral y precoz asesino. Luego, cuando se quedó solo con lo policías nuevamente pronunció entre risas: "¿Vieron como me los empaqueté?". Sin lugar a dudas, le gustaban las cámaras. "Se preocupa mucho por su figura y dice que no quiere enflaquecer. También, cuando sale de las reconstrucciones pide lavarse bien la cara y peinarse para estar presentable" detalló un oficial.



J. P. Herrera y otro amigo del barrio.

Quienes lo conocían.

Juan Pablo Herrera y Julio, fueron dos jóvenes con lo que solía juntarse en su barrio. Ellos, incómodos antes un grupo de periodistas que investigaban el caso en 1972, advirtieron que no querían decir nada, que lo conocían pero no era necesario hablar de él. "No era mi amigo, sí eramos conocidos", aseguró Julio mientras explicaba que al que todos llamaban "asesino", tenia tanta plata como cualquier otro muchacho. Además, tenía una novia de 17 años llamada Mary Acosta. "Volvía locos a sus profesores por su mala conducta. Estando en 4° año le advirtieron que ya tenía el máximo de amonestaciones y que con solo una más lo iban a expulsar. No obstante, él siguió estorbando" contaba otro chico del barrio.

Su único trabajo fue en la farmacia de Ricardo Samban donde sólo trabajó un mes. "No era mal chico lo que pasa es que estaba mucho tiempo solo. Había temporadas en que la madre no estaba y su padre estaba trabajando todo el día. de modo que el muchacho tenía amplia libertad" explicó el farmacéutico del lugar que, luego de una larga pausa, continuó: "les voy a contar uan cosa bastante curiosa. Como les dije trabajó aquí nada más que un mes. Mientras estaba empleado vino acá y me trajo una radio a transistores. Me dijo que si la quería comprar. Él al vendía a 2.000 pesos. A mi me pareció que valía mucho más. Y como la radio me interesaba decidí ir a la casa de la madre para preguntarle si ella autorizaba esa venta. Fui, me atendió ella y me contestó: "si él la quiere vender que la venda. La radio es de Carlitos y se que él quiere dinero para comprarse una bicicleta". De ese modo yo pude comprarme la hermosa radio. Pasó el tiempo. No volví a verlo y cuando me enteré de que había sido detenido por robar una motocicleta vinieron de la policía a secuestrarme la radio porque también era robada".

La fuga.

Era sábado por la noche en la Unidad N°9 y los reclusos habían organizado una pequeña fiesta de despedida a los que recuperaban su libertad por la nueva ley de encarcelación. En ese momento, Puch vio la oportunidad para escapar y ultimó los detalles con su compinche Rodolfo Alberto Sicca. Con un soga y mientras nadie lo observaba, cayó del otro lado del muro de la prisión, dentro de una zanja, quedando completamente embarrado y sin saco. Tras su fácil fuga, corrió con todas sus fuerzas durante ocho cuadras y diez minutos después, logró detener la marcha de un colectivo de la línea 518. Su conductor, Omar Lanfranqui, declaró posteriormente que el joven le había mentido: "señor, hágame el favor, me acaban de asaltar cinco o seis tipos. Me sacaron el saco y toda la plata que llevaba. Después de golpearme me tiraron a una zanja. Hágame el favor, lléveme, no me dejaron ni una moneda" le contó el asesino. 
El embarrado pasajero luego descendió cerca de la estación del Ferrocarril Roca. "Bajó en 1 y 43 y me dio las gracias varias veces", explicó el choffer. Más tarde, un testigo denunciaría haberlo visto cuando pasaba por un terreno baldío a las ocho de la noche. "Lo reconocí inmediatamente, llamé por teléfono y a los pocos minutos vi a varios policías que buscaban, pero Robledo ya se había ido. Al rato lo vi aparecer nuevamente cerca de la casa de los Somoza. Allí se detuvo como queriendo entrar y en ese momento, cuatro policías lo atraparon, lo subieron a un auto y se fueron", detalló el testigo.
En la esquina de la avenida Libertador y Sturiza, en Olivos, se lo detuvo y así fue como terminaron sus 68 horas de libertad. El comisario inspector, Ricardo Cersómino, a cuyo cargo estaba la patrulla que lo aprisionó, declaró: "en el momento de la detención el criminal se encontrada agotado y desanimado y no había encontrado la menor ayuda. No tenía encima armas ni dinero".

No se salva: El juicio.

A las 9:30 horas, en el tribunal de San Isidro, se  inició el  juicio. Durante la jornada se analizaron los crímenes que se le imputaron a Robledo Puch y que aún no habían sido considerados a lo largo de los tres meses que llevaba el tratamiento del juicio oral. Se tomó declaración indagatoria a 36 de los 59 testigos anunciados. El Ángel de la Muerte  estaba  vestido de camisa blanca, corbata azul, traje negro, pulcramente peinado y con una conducta que no reflejaba ni un poco de preocupación por la circunstancia que estaba atravesado. Se mostró tranquilo y se lo vio festejar con algunos incidentes que ocurrían en la sala. Su defensora María Elvira Rodríguez Villar, ante un grupo de periodistas, afirmó que el juicio era nulo porque se habían cometido irregularidades.
”Esto es un circo romano y una farsa, estoy condenado y prejuzgado de antemano”, exclamó Puch a los gritos en el medio de la sala. Finalizada la audiencia, la sala deliberó en privado junto al juez José Garona la condena global que tenía que cumplir al acusado. 

El juicio oral se extendió en varias oportunidades en el mismo sitio, la tercera etapa tuvo una novedad: la presencia de periodistas y público en la sala.
A lo largo del juicio, la Fiscalía contó con muchos elementos a su favor que en un momento hicieron reconocer a unos de sus abogados defensores, el doctor Jorge Eduardo Dodero,que existieron pruebas suficientes contra Robledo Puch ”como para empapelar toda la avenida Rivadavia hasta Luján”.


Primero, fue acusado de ocho asesinatos. Luego el Fiscal de Cámara, Alberto Segovia, solicitó la culpabilidad de Puch por tres homicidios más y la destrucción causada en bienes y propiedades. Continuaba con su negativa  a declarar y dejaba en mano de sus defensores los alegatos a su favor. El psiquiatra Elias Klass sostuvo que el acusado era un adolescente en crisis donde pesaron los desajustes familiares.


La cámara Penal de San Isidro rechazó la presentación de recursos extraordinarios por parte de la defensa, en razón de haber vencido el plazo para la petición. Con la resolución acordada, la sentencia emitida el pasado 27 de noviembre de 1980 se reafirmó. 
El múltiple homicida fue condenado a prisión perpetua y reclusión por tiempo indeterminado por tres jueces: Bernardo Rodríguez, Ignacio Garona y Roberto Borserini.

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